Son líquidos que contienen agua, electrolitos y/o azúcares en diferentes proporciones, pudiendo ser hipertónicas, hipotónicas o isotónicas con respecto al plasma. Estas soluciones no expanden el volumen plasmático de forma tan eficaz y tan rápida como los coloides, por tanto, su administración se reduce a situaciones en las que las pérdidas de líquidos son mínimas y para prevenir o tratar déficit de líquidos o electrolitos. Además, tienen la ventaja de poder servir de vehículo para la perfusión de fármacos disueltos en ellos y el inconveniente de que si se administran en grandes cantidades pueden originar la aparición de edema.
Los cristaloides suministran sodio y agua para mantener el gradiente osmótico entre el líquido extravascular y el intravascular. Esta capacidad para expandir el volumen plasmático se relaciona con el contenido de sodio. Por consiguiente, una solución salina hipertónica (cloruro de sodio al 3%) es más efectiva que una solución salina normal (cloruro de sodio al 0,9%) para aumentar dicho volumen.
Los cristaloides se distribuyen más rápido que los coloides dentro de los compartimentos intersticial e intracelular, lo cual los hace más adecuados para tratar la deshidratación que para expandir el volumen plasmático, como en los casos de personas en shock hipovolémico. Es decir, los cristaloides no expanden tan bien el volumen plasmático como los coloides; además, al comienzo se requieren cantidades mucho mayores para lograrlo.




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