El ejercicio físico provoca un aumento del consumo de glucosa por el músculo, debido a un aumento local del flujo sanguíneo y del número de transportadores de glucosa en la célula muscular. Pero, además, mejora la utilización de la glucosa por el músculo esquelético al aumentar la afinidad de los receptores insulínicos por la hormona. Este conjunto de mecanismos contribuyen a disminuir las concentraciones de glucemia y a reducir las necesidades de fármacos con efecto hipoglucemiante. Este efecto hipoglucemiante se mantiene con posterioridad a la finalización del ejercicio por aumento de la captación de glucosa por la célula muscular al objeto de recuperar los depósitos de glucógeno, lo que puede ocasionar la aparición tardía de hipoglucemia.
Además, la práctica de ejercicio físico contribuye a mantener el peso en valores normales y a reducir el riesgo cardiovascular al aumentar las concentraciones de HDL-2 y disminuir los de LDL-colesterol y de triglicéridos. Estas modificaciones se ponen de manifiesto en unos 15 días pero desaparecen rápidamente (2-3 días), de ahí la conveniencia de insistir en un programa de ejercicio regular, constante y fácil de adaptar a la forma de vida del diabético.
El ejercicio debe ser aeróbico y moderado (caminar 60 minutos, paseos en bicicleta de 30 minutos, gimnasia sueca 30 minutos, etc.) y practicarse a ser posible diariamente. Además, si no existe cardiopatía isquémica, pueden realizarse todo tipo de deportes que no conlleven un riesgo intrínseco elevado (alpinismo, etc.) o un excesivo esfuerzo físico. La intensidad del esfuerzo físico se valora mediante la frecuencia cardíaca durante el ejercicio que no debe sobrepasar el 70% de la frecuencia cardíaca máxima. El cálculo de la frecuencia cardíaca máxima se realiza restando la edad del paciente a 220 (constante determinada en estudios experimentales).
La percepción del esfuerzo también puede ser valorada por el propio paciente por la capacidad de mantener un habla no entrecortada.




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