Talla baja, concepto y epidemiología

La definición de talla baja es difícil, pues, como hemos visto, el crecimiento está sometido a múltiples influencias, que hacen que los patrones de normalidad varíen entre generaciones, y es preferible hablar de retrasos del crecimiento, concepto dinámico que incluye no sólo la talla, sino también la velocidad de crecimiento y la maduración ósea, parámetros de mayor precisión e importancia.
Se considera talla baja a la estatura que se sitúa entre -2 y -4 desvíos estándar DE (< P3) respecto a la media, y nanismo si está por debajo de -4 DE.
El 3% de la población se halla por debajo del tercer percentil, pero, según Parkin, sólo el 70% de las madres con niños con tallas por debajo de ese percentil reconocen que sus hijos son bajos y únicamente el 10% piden consejo médico.
No se conoce la prevalencia de las distintas causas de talla baja. En Escocia un estudio poblacional, realizado antes de que se aceptase el concepto de déficit aislado de GH, demostró que el 72% de los niños situados por debajo del tercer percentil (P3) no padecían enfermedad orgánica, y que la causa más habitual era la privación psicoafectiva (Parkin, 1989). En los niños atendidos en la Unidad de Crecimiento de Stanford (EE.UU.), se comprobó que el 56,7% de las consultas eran debidas a una talla baja familiar o un retraso constitucional del crecimiento y desarrollo, el 12,9% a una causa endocrina, el 3,4% a alteraciones cromosómicas y el restante 12,9% padecían otras patologías (displasias óseas, enfermedades crónicas, etc.).
Así pues, una talla baja no indica necesariamente enfermedad, pero el control periódico del niño es necesario para detectar una patología de base que pueda ser tratada.

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